ATALAYA DE ZION
MINISTERIO INTERNACIONAL INC
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Ilustración: el atalaya y sus obligaciones. 33:1–6

Para ilustrar el deber de un profeta, Ezequiel elige la figura de un atalaya, que tiene ciertas obligaciones para con el pueblo respecto al anuncio de la venida de enemigos; estando sobre la torre del muro de una ciudad, es él quien ve primero la llegada de un enemigo, y es él quien tiene que anunciarlo al pueblo, protegiéndolo así de una sorpresa desastrosa.

Ezequiel presenta dos casos: (1) el atalaya ve venir el peligro, y lo anuncia claramente (vs. 1–5); (2) el atalaya ve el peligro, pero no lo anuncia (v. 6). En el primer caso, es el pueblo el que tiene la responsabilidad, si no presta atención a la advertencia; en el segundo caso, es el atalaya el que tiene la responsabilidad, por cuanto vio el peligro y no lo anunció al pueblo.

ii. Aplicación de la ilustración: Obligaciones del profeta. 33:7–9

El profeta es como un atalaya: así como el atalaya tiene que avisar al pueblo sobre la venida de un enemigo a conquistar la ciudad, del mismo modo el profeta le tiene que anunciar la presencia de peligros espirituales. Aquí también se suponen dos casos: (1) si el profeta ve el peligro, y no lo anuncia, el pueblo morirá, pero el profeta tiene la responsabilidad; (2) si el profeta ve el peligro, y lo anuncia, pero el pueblo no responde, entonces lleva su propia responsabilidad.

iii. Desánimo del pueblo frente al mensaje de promesa de Ezequiel. 33:10–20

El pueblo, muy consciente de sus rebeliones delante de Jehová, no cree ya que pueda ser restaurado a su lugar anterior (¿cómo pues viviremos?: v. 10). A esto contesta el Señor, que no quiere la muerte del pecador, sino que se torne el impío de su camino (v. 11): los castigos de Jehová son, pues, de carácter disciplinario, a fin de purificar a la nación. El que un hombre sea justo, no lo salvará del castigo si se rebela, ni tampoco será castigado eternamente el impío que se arrepiente y se vuelve al Señor (v. 12). Al contrario, los impíos podrán ser restaurados y bendecidos, si se arrepienten. Esta doctrina no correspondía a la creencia popular, pues por esto responde el pueblo: No es recta la vía del Señor (v. 17). La contestación de Jehová es que el camino del pueblo es el que está equivocado. En fin, Jehová juzga al pueblo de acuerdo con lo que ellos hacen, como individuos.

2. Noticias de la caída de Jerusalén. 33:21–33

En Caldea, todos los cautivos seguían con sumo interés el progreso del sitio babilónico de Jerusalén. Como sus compatriotas en Jerusalén, los judíos en Babilonia no creían que la ciudad caería, a pesar de los anuncios de Jeremías y Ezequiel, que afirmaban que sería destruída. Las nuevas de su caída llegaron a Ezequiel por medio de un refugiado, que se había escapado de la ciudad.

i. Llegada de un fugitivo a Ezequiel con noticias de la caída. 33:21, 22

Según este pasaje las noticias llegaron a Ezequiel en el año duodécimo de nuestro cautiverio, en el mes décimo, a los cinco del mes. La ciudad había caído en el cuarto mes del año undécimo, pues habían pasado unos dieciocho meses. Es probable que una variante en ciertos manuscritos que afirma que Ezequiel recibió la noticia en el año undécimo, es la correcta (y así lo creen Davidson, Cobern, y otros), y así habrían pasado unos seis meses antes de que la nueva llegara a Ezequiel.

Al llegar el mensajero, Ezequiel ya puede resumir su ministerio público: abrió mi boca, y no más estuve callado.

ii. Mensaje de Ezequiel después de la llegada del mensajero. 33:23–29

La confianza que tenía el pueblo que quedó en su tierra después de la caída, de que continuarían habitándola, sencillamente porque allí se encontraba, estaba mal fundada: el profeta pregunta (hablando en nombre de Jehová) cómo puede el pueblo pensar que será bendecido, en vista de los males que aún se practican en la tierra. Dice que no, porque pondré la tierra en desierto y en soledad. En fin, después del asesinato de Gedalías, el gobernador que Nabucodonosor puso en la tierra, el remanente del pueblo, temiendo la venganza del rey caldeo, se refugió en Egipto.

iii. Reacción del pueblo ante el mensaje de Ezequiel. 33:30–33

El Señor le advierte al profeta que el pueblo escuchará sus palabras, pero no las pondrá por obra. Después de mucho tiempo, cuando sus predicciones se cumplan, entonces sabrá que hubo profeta entre ellos.

3. Profecía contra los pastores. 34:1–31

Esta profecía se dirige en contra de los pastores de Israel, es decir, sus gobernadores (Davidson), que no habían sido fieles en guiar al pueblo por las sendas de Jehová.

i. Infidelidad de los pastores. 34:1–6

Bajo la figura de la alegoría del rebaño, se critica a los dirigentes del pueblo, que no habían cuidado bien a sus ovejas; habían buscado su propio interés, y no el del rebaño. Por esto se habían esparcido las ovejas.

ii. Cesación de los pastores por su infidelidad. 34:7–10

A causa de su infidelidad, descrita detalladamente en el párrafo anterior, los pastores habían sido quitados: en la caída de la ciudad, muchos de los dirigentes del país fueron muertos por Nabucodonosor, y otros fueron llevados al cautiverio.

iii. Jehová mismo se hace cargo de su rebaño. 34:11–21

En vista de que los pastores han faltado a su deber, Jehová mismo será su pastor, y se encargará de su rebaño.

a. Reunión del rebaño: Restauración de Israel. 34:11–16

En contraste con los malos pastores que habían descuidado el rebaño que tenían a su cargo, el pastor celestial cuidará de las ovejas, prestándoles la atención que aquéllos no les habían dado. Reunirá a las descarriadas, juntándolas de todos los lugares a donde se habían esparcido. Aquí, en forma alegórica, tenemos el cuadro de la restauración de las ovejas esparcidas de Israel, a su país.

b. Condenación de algunas ovejas por su mala conducta. 34:17–21

Puesto que algunas ovejas habían sido egoístas, alimentándose a desventaja de las otras (que en consecuencia se ponían flacas), Jehová las condena, diciendo que juzgará entre ellas y las flacas.

iv. Profecía de la restauración. 34:22–31

En este pasaje se anuncia nuevamente la restauración del pueblo a su tierra, gran tema del profeta Ezequiel en la última división de su obra.

a. Anuncio de la venida del Gran Pastor. 34:22–24

El profeta anuncia que Jehová despertará sobre su rebaño otro pastor, su siervo David. Puesto que David ya había muerto, es evidente que se trata de una tipología: David es tipo de otro pastor que se levantará, quien apacentará el rebaño de Jehová al gusto divino, en quien nosotros vemos al Mesías.

b. El pacto de paz y bendición. 34:25–31

Con su rebaño establecería Jehová un nuevo pacto, según cuyos términos el rebaño moraría con seguridad en su tierra. Por las referencias a los frutos del campo (v. 27), vemos que la alegoría enseña la restauración del pueblo a su tierra, con la fructificación de ella en bien de los israelitas. Por cuanto se ha hablado del Mesías (véase el párrafo anterior), vemos que la vista del profeta abarca también la era del evangelio, y este pacto es típico del pacto eterno, el "nuevo testamento," que Dios había de establecer con su pueblo.

4. Profecía contra Edom. 35:1–36:15

Esta profecía parece introducirse aquí para señalar el contraste entre el destino de los idumeos, que no eran pueblo de Dios, y el de Israel. Edom se había alegrado por la destrucción de Israel, y además, pensaba que podría tomar posesión de su país después del traslado de sus habitantes al cautiverio. En oposición a esto, el profeta anuncia que Edom será destruído, mientras que Israel será salvado de los paganos para ocupar él mismo su tierra.

i. La destrucción de Edom. 35:1–15

A pesar de la jactancia de Edom de que ellos van a poseer la tierra de Israel, ha de suceder lo contrario: ellos serán destruídos; los israelitas serán restaurados.

a. Instrucción al profeta para anunciar que Dios está contra Edom. 35:1–4

Jehová induce al profeta Ezequiel a anunciar a Edom que él está en contra de aquel país y que lo pondrá en asolamiento; entonces ellos sabrán que Jehová es Dios.

b. El pecado de Edom y su castigo. 35:5–10

El pasaje menciona tres cosas que se envuelven en la condenación de Edom: (1) su enemistad perpetua hacia Israel; (2) la parte que tomó en la desolación de Israel; (3) su ambición por posesionarse de la tierra de Israel. Por todo esto Jehová esparciría a los edomitas, con matanza y con sangre.

c. Edom será tratado según sus obras. 35:11–15

El profeta anuncia que Edom ha de ser tratado de acuerdo con su actitud hacia Israel. Los edomitas se habían gozado por la caída de la nación hermana; le habían tenido celo; habían demostrado ira hacia ella. Además se habían engrandecido contra Jehová. Por todo esto Jehová ha de asolar la tierra de Edom, haciéndolo de acuerdo con lo que ella había hecho a Israel.

ii. Prosopopeya a la tierra de Israel. 36:1–15

El profeta dirige a la tierra de Israel un mensaje de consolación, el que, por prosopopeya, representa al pueblo de Israel.

a. La vergüenza de Israel vuelta a otras naciones. 36:1–7

El oprobio que ha sufrido Israel será cargado sobre otras naciones, las que han contribuído a la caída del pueblo de Dios, y que se han alegrado de su mal destino. Especialmente se condena a Idumea (Edom), de que a sus otros pecados agregó el ambicionar la tierra del pueblo de Israel, para poseerla.

b. Predicción de una vida de seguridad en la tierra de Israel. 36:8–15

Se anuncia que nuevamente la tierra de Israel será fructífera, siendo cultivada otra vez. Sobre ella serán multiplicados hombres y bestias, y sus ciudades serán edificadas y habitadas. Aquí vivirán los hombres con seguridad. Tenemos, pues, una predicción de la restauración del cautiverio, cuyo último alcance reside en el evangelio.

5. El nombre de Jehová. 36:16–38

Con frecuencia se hace referencia en las profecías al nombre de Jehová, en relación con otros dioses, y en relación con el pueblo de Israel. Aquí nuevamente Ezequiel vuelve a tratar este tema.

i. Profanación del nombre de Jehová por el pecado de Israel. 36:16–21

Por sus sendas malas y por sus obras injustas, el pueblo ha hecho profanar el sagrado nombre de Jehová. A causa de esto Jehová se airó con su pueblo y lo esparció entre las naciones.

Según la ley mosaica, la menstruosa era inmunda, y esto se toma como ejemplo de la inmundicia del pueblo israelita.

No sólo habían pecado en su propia tierra, antes del cautiverio, sino que también pecaron en la dispersión (v. 20), lo que nuevamente contaminó el nombre de Jehová. El que ahora Dios piense salvarlos, y restaurarlos a su tierra, no se debe, pues, a justicia alguna de ellos, sino a que Jehová tenía respeto a su propio nombre: para salvarse de la crítica de las gentes de que su pueblo fue abatido por cuanto él no tenía poder para librarlos, ahora los devuelve a su tierra; así todos sabrán que Jehová es Dios, y no los ídolos de las gentes.

ii. Santificación del nombre de Dios por la salvación del pueblo. 36:22–38

El profeta ahora desarrolla detalladamente el tema introducido en el párrafo anterior: el procedimiento de la santificación del nombre de Dios, después de que ha sido profanado por el pueblo.

a. Jehová ha de santificar su nombre. 36:22, 23

Seguramente Jehová ha de santificar su nombre, a pesar de que ha sido éste profanado entre su pueblo. Esta santificación, la ha de traer librando al pueblo del cautiverio. Los restaura (repite el profeta Ezequiel), no a causa de ellos, sino por bien de su propio nombre, como se ha indicado ya.

b. Israel restaurado a su tierra, y al favor de Dios. 36:24–28

Nuevamente el profeta hace referencia a uno de los ritos de la ley mosaica: así como los sacerdotes en el tabernáculo esparcían agua limpia, a fin de purificar, asimismo Dios esparcirá sobre los de su pueblo agua limpia (figuradamente hablando), a fin de que sean limpios de sus pecados y de sus rebeliones. Entonces los devolverá a su tierra, y de nuevo serán llamados pueblo de Dios, y Jehová será llamado su Dios.

c. Bendición del pueblo en su tierra. 36:29, 30

Jehová promete que el pueblo será bendecido en su tierra, con la multiplicación de cereales y de frutos. Esto tiene como motivo, el que nunca más recibáis oprobio de hambre entre las gentes: esto también se relaciona con el nombre de Dios, en el sentido de que Dios puede preservar a un pueblo del hambre; si sufriesen hambre, sería evidencia de que habían sido desobedientes a su Dios, o que su Dios era inadecuado para protegerlos; en todo caso, sería ocasión de oprobio … entre las gentes.

d. Vergüenza de Israel frente a sus iniquidades. 36:31, 32

El pueblo se ha de acordar de sus iniquidades con vergüenza, especialmente en vista del perdón que Jehová le ha concedido, y la bendición que le aporta. Esta bendición no les viene por ellos (habiendo sido desobedientes ellos), sino por el nombre de Jehová, como se ha expuesto en los párrafos anteriores. La continuada bendición de Jehová, a pesar de las iniquidades del pueblo, ha de ser un verdadero motivo para confusión y vergüenza de parte de ellos.

e. Repoblación de la tierra. 36:33–36

La tierra que estuvo despoblada durante el cautiverio, volverá a ser habitada por el pueblo de Israel (después de que han sido limpiados de sus iniquidades). Las ciudades serán reedificadas, la tierra asolada será labrada. Esta bendición a la tierra será un testimonio al pueblo ajeno que habitó la tierra durante el cautiverio: sabrán que Jehová ha hecho repoblar la tierra y reedificar las ciudades.

f. Habitación de las ciudades por el rebaño de Jehová. 36:37, 38

Como rebaños de ovejas, los israelitas han de ser reunidos nuevamente en sus ciudades desiertas, para poblarlas, y para allí ofrecer culto a Jehová y buscar su presencia.

6. Restauración del pueblo de Israel a su tierra. 37:1–28

Para asentar su proposición de que el pueblo de Dios ha de ser restaurado a su tierra, Ezequiel describe primero una visión de huesos secos, que Dios le había concedido, y luego lo ilustra mediante una acción simbólica, en que une dos palos, escritos con los nombres de Judá y de Israel.

i. Visión del campo de huesos secos. 37:1–4

Esta visión no es una profecía de la resurrección general al fin del mundo, como a veces se le interpreta, sino de la nación de Israel, que se hallaba en el cautiverio. Se relaciona este capítulo, pues, con el tema general de esta parte de la Profecía de Ezequiel, v.g.: la Restauración de la Nación.

a. Ezequiel conducido por Jehová al campo de huesos. 37:1, 2

En espíritu (en visión) Ezequiel es llevado al campo, que ve lleno de huesos. Estos están muy secos, lo que significa el sentimiento del pueblo de Israel (v. 11), de que ya no podrá vivir la nación.

b. Mandamiento al profeta de que profetice a los huesos. 37:3–6

La visión de los huesos secos y esparcidos suscita la pregunta, formulada por Dios al profeta Ezequiel, de si estos huesos podrán vivir, es decir, si la nación puede ser restaurada. Es una pregunta retórica, en que Jehová mismo ha de dar la contestación, como el mismo profeta reconoce al decir: Señor Jehová, tú lo sabes. Jehová luego ordena a Ezequiel que profetice a los huesos, avisándoles que Jehová los hará vivir, a fin de que se den cuenta de que él es Dios.

c. Resurrección de los huesos secos. 37:7–10

De acuerdo con el mandamiento de Jehová, Ezequiel predicó a los huesos su mensaje de vida. De inmediato se unieron en sus lugares correspondientes, y en seguida hubo sobre ellos nervios y carne, y luego se cubrieron con piel. Pero todavía les faltaba el espíritu de vida; no estaban vivos. Entonces Dios hizo soplar espíritu en ellos, y entró en ellos vida. Así había de levantarse la nación, a fin de que fuese restaurada a su tierra.

d. Interpretación de la visión. 37:11–14

El motivo de la visión se presenta aquí: fue el constante pesimismo del pueblo frente a su situación, que no creía en la posibilidad de una resurrección de su nación, expresada su incredulidad en el dicho (que Davidson opina sea un refrán corriente entre el pueblo): Nuestros huesos se secaron: Ya no tenían esperanza, y creían que el fin había llegado.

Para combatir el pesimismo del pueblo, Ezequiel es exhortado a predicarles el mensaje: Y sabréis que yo soy Jehová, cuando abriere vuestros sepulcros, y os sacare de vuestras sepulturas, pueblo mío. Tampoco se refiere aquí a una resurrección individual; esto no ocurrió en el tiempo del cautiverio; sino que se refiere figuradamente a la resurrección de la nación. El propósito de la restauración de la nación había de ser el de glorificar el nombre de Jehová; convencer al pueblo de que él era Dios.

ii. Acción simbólica de los dos palos unidos. 37:15–28

Con esta acción simbólica el profeta había de enseñar la lección de que en la restauración, serían unidas las dos ramas de la casa de Jacob: Israel septentrional con Judá meridional.

a. Instrucciones en cuanto a la acción simbólica. 37:15–19

Jehová da instrucciones detalladas al profeta en cuanto a la forma de ejecutar la acción simbólica de los dos palos.

Había de buscar Ezequiel dos palos, y escribir en cada uno de ellos. En uno había de anotar el nombre de Efraim, que representaría a Israel septentrional, llevado al cautiverio en 722 a. de J.C., en el otro el profeta había de grabar el nombre de Judá, el reino meridional. Luego tenía que unir los dos palos, para que fueran uno.

Al preguntarle el pueblo sobre el significado de la acción simbólica, el profeta había de responderles que Jehová se proponía hacer volver a su pueblo a su tierra, uniéndolos, para que no fueran dos pueblos, o dos naciones, sino una.

b. Instrucciones en cuanto a la explicación de la figura. 37:20–28

El profeta había de hacer una explicación detallada de lo que Jehová esperaba hacer con su pueblo al devolverlo a su tierra.

(1) Restauración a su tierra y unificación del pueblo. 37:20–22

Jehová recogerá a los israelitas y a los de Judá de los lugares en los cuales están esparcidos, y los traerá a su tierra. De ellos hará una nación sola, la cual nunca se dividirá en dos pueblos ya.

(2) Limpiamiento de la idolatría. 37:23

En la restauración, la idolatría sería limpiada de la tierra, y el pueblo ofrecería culto a Dios; ellos serán pueblo de él, y él será su Dios.

(3) El rey eterno del pueblo: el Mesías. 37:24, 25

Se menciona a David como el rey eterno del pueblo israelita, y a él como tipo del Mesías que había de venir para reinar sobre su pueblo. Nuevamente la vista del profeta abarca no sólo la época de la restauración sino también la del evangelio, período de justicia y de paz.

(4) El pacto de paz. 37:26–28

Con su pueblo restaurado Jehová concertaría un pacto de paz, eterno; entre ellos pondría su tabernáculo, su santuario, esto también con el fin de glorificar el nombre de Jehová. Aquí, como en el párrafo anterior, se mezcla la vista del profeta (que contempla primordialmente la restauración) con la época del evangelio.

7. Invasión de Gog. 38:1–39:29

Aunque a estos capítulos se ha atribuído un misterio, se ve que su interpretación se resuelve, con una consideración del fondo histórico que respalda el pasaje.

Gog (el rey) y Magog (el pueblo) representan a los escitas, pueblo barbárico que había invadido a Palestina cuando Ezequiel era niño (véase la Introducción a la Profecía de Ezequiel). Son el epítome de todos los enemigos de Dios. En general representa esta profecía la verdad de que, después que los israelitas sean reunidos y restaurados a su tierra, tendrían que luchar para realizar el estado ideal presentado en los capítulos 40–48. Comp. Keil, Matthews, Davidson, Lofthouse, y otros, que concuerdan en que el pueblo invasor (Magog) y su rey (Gog) vienen del norte.

La mayor parte de esta profecía (todo menos unos siete versículos al fin) se dirige en contra de Gog, y trata de su invasión y su destrucción.

Introducción a la profecía contra Gog y Magog. 38:1, 2

Gog es el rey, y Magog es la tierra (y el pueblo) donde reina; contra la tierra y su rey el profeta dirige su mensaje acerca de la oposición de Jehová a su enemistad contra el pueblo de Dios.

i. Invasión de Gog y su destrucción. 38:3–39:22

El profeta habla detalladamente de la invasión de este rey eslavo, y describe su destrucción. Siendo Gog el epítome de todos los enemigos de Jehová, su destrucción enseña la lección de la destrucción de todo aquel que se opone a Jehová y al progreso de su reino. También en el Apocalipsis (20:8) Juan emplea las figuras Gog y Magog en representación de todos los enemigos de Dios; allí Juan saca su figura de este pasaje en Ezequiel.

a. Destrucción de Gog y sus aliados al atacar a la tierra santa. 38:3–9

Al atacar al pueblo israelita restaurado a su tierra, Gog y sus aliados serán destruídos por el poder de Jehová. Por cuanto los judíos, después de la restauración, fueron dominados con éxito por varios pueblos extranjeros (persas, griegos, egipcios, sirios, y romanos), vemos que esta profecía es espiritual, y tiene su cumplimiento final en el Reino de Dios, que sí resiste con completo éxito a todos sus enemigos. Del mismo modo, la alianza de las naciones con Gog no es literal; son las naciones más lejanas de Palestina, y son típicas de la hostilidad de todo el mundo al pueblo de Dios.

b. Propósito de Gog para conquistar al mundo. 38:10–13

Jehová lee en el corazón de Gog su propósito: Piensa en subir a los países donde hallará a gentes reposadas, y que habitan confiadamente, a quienes él hallará fáciles de conquistar, porque habitan sin muros, no tienen cerrojos ni puertas; así se representa lo fácil de su caída ante las hordas del rey del norte.

c. Cuadro de la venida de Gog y sus aliados a Israel. 38:14–16

En aquel tiempo, cuando mi pueblo Israel habitará seguramente, se refiere al tiempo que empieza con la restauración, pero, de acuerdo con el modo profético de hablar, se extiende aún más en el porvenir hasta abarcar la era mesiánica. Entonces vendría Gog, el que representa figuradamente a todos los enemigos de Jehová, y atacaría al pueblo de Dios. Aunque venga con sus multitudes, Dios le dice: te traeré sobre mi tierra, para que las gentes me conozcan, cuando fuere santificado en ti, oh Gog, delante de sus ojos: el nombre de Dios sería santificado en Gog, por cuanto Dios lo haría destruir, y así todos llegarían a conocer que Jehová es Dios.

d. Cuadro del juicio que ha de traer Dios sobre Gog. 38:17–23

El cuadro de juicio sobre Gog se introduce con una pregunta: ¿No eres tú aquél de quien hablé yo en tiempos pasados por mis siervos los profetas de Israel …? No hemos de pensar que los profetas mencionasen a este individuo por nombre (a lo menos no figura en los rollos escritos de los profetas), sino que ellos habían hablado del levantamiento de un enemigo; Ezequiel lo identifica con Gog. (Comp. Keil.)

En cuanto Gog venga a invadir a Israel, Jehová mandará en contra de él la espada, y pestilencia, y lluvia, y granizo, fuego y azufre: así se representan las calamidades que vendrán sobre Gog y su ejército. El resultado será que Dios será conocido en ojos de muchas gentes; y sabrán que yo soy Jehová.

e. Rotura del arco de Gog y su caída. 39:1–7

Romper el arco de Gog significa quebrar su poder militar. La acción de Gog de invadir la tierra de Israel vendría en respuesta a la incitación de Jehová mismo, todo con la finalidad de glorificar su nombre (v. 7) en el quebrantamiento de las fuerzas del rey eslavo. Venido Gog con sus aliados, tanto él como ellos serían quebrantados y destruídos, sirviendo sus cuerpos muertos para comida de las aves de rapiña.

f. Quemazón de las armas de los ejércitos de Gog. 39:8–10

Después de la destrucción de las fuerzas de Gog, sus armas servirían de leña a los habitantes de Israel. Se destruirían por fuego durante siete años, no un número literal sino figurado, el número sagrado, denotando la perfección de su consumición. Tan grande sería la provisión de material combustible, que la gente no tendría qué buscar leña, sino que se serviría de las armas de Gog. Esto, desde luego, es hiperbólico, para mostrar lo absoluto de la destrucción de Gog. Acordémonos también que Gog mismo, con su país Magog, es una figura que representa en su totalidad (como se ha dicho ya) a los enemigos del pueblo de Jehová.

g. Multitud de los cadáveres de Gog. 39:11–16

Los cadáveres de los ejércitos de Gog habían de ser enterrados en Israel, en el valle de Hamón-gog, lo que es mejor traducir, el valle de la multitud de Gog (Gardiner) (y así en el v. 15). Tan grande sería la cuenta de cadáveres que los israelitas los estarían enterrando por siete meses, para limpiar la tierra, nuevamente un número figurado, el número sagrado y perfecto, (como en el párrafo anterior), para denotar cuán grande era el número de los muertos del enemigo. El mojón (v. 15), que el que hallara esqueleto había de edificar, marcaría el lugar, para que los enterradores lo hallasen y lo sepultasen en el valle indicado (Schroeder).

h. Llamamiento de las aves de rapiña y las bestias al sacrificio de Gog. 39:17–22

El profeta es instruído a llamar a las aves de rapiña y a las bestias a tomar parte en la comida de sacrificio que Dios prepara, cuyas víctimas han de ser Gog y sus fuerzas. Tan grande sería el número de víctimas, que todos beberían sangre hasta embriagarse. Esto aumentaría la gloria de Dios, porque habría hecho juicio sobre sus enemigos y los enemigos de su pueblo (vs. 21, 22).

ii. Israel, su cautiverio y su restauración eterna. 39:23–29

Como resultado de la venganza de Dios sobre sus enemigos, los pueblos se darán cuenta de que el cautiverio de Israel vino, no por la debilidad de su Dios, sino por su propio pecado. Dios había escondido su rostro de ellos por cuanto habían llegado a ser inmundos. Pero ahora ha de volver su cautividad, teniendo misericordia de su pueblo Israel, y celando por su propio nombre (v. 25) (en el sentido de que no dejaría que el pueblo lo criticase, como si no tuviera poder para librar a su pueblo). Una vez vuelto a su tierra, en donde moraría con seguridad, el pueblo sentiría vergüenza por su conducta anterior, con el resultado de que no volvería a cometer las mismas faltas. La predicción de que ni esconderé más de ellos mi rostro, forzosamente tiene que ser cumplida en el reino de Dios, por cuanto, en la historia de los judíos, ellos rechazaron al Mesías, siendo ellos rechazados también por Dios a causa de su incredulidad; pero los ciudadanos del Reino de Dios, el Israel espiritual, son los recipientes de todas las promesas que no fueron cumplidas en el pueblo de Israel.

[B] Restauración del culto divino, con las bendiciones correspondientes. 40:1–48:35

Esta serie de profecías puede fecharse en 573 a. de J.C., unos trece años después de la caída de la ciudad de Jerusalén.

Presenta un cuadro ideal, o figurado, que no ha de tomarse literalmente (comp. Sampey, Gardiner, Davidson, etc.) como un plano para el templo, que Ezequiel debía esperar fuese edificado de acuerdo con el diseño que él presentaba. No hay evidencia de que los judíos bajo las órdenes de Zorobabel, que edificaron el templo después de la restauración, considerasen que tenían que seguir el plano de Ezequiel. Debemos reconocer, pues, que el profeta presentaba un cuadro de la bendición del pueblo en su tierra; el alcance del profeta abarca no solamente la situación de los judíos restaurados, sino también el reino mesiánico. Keil: "Es evidente que esta visión no meramente trata del nuevo templo y del nuevo orden de culto, aunque estos puntos se elaboran detalladamente; sino que presenta un cuadro de la nueva forma que debe ser asumida por el reino entero de Dios, y en este cuadro exhibe a la vista la realización de la restauración y la bendición de Israel." Davidson: "Esta parte da un cuadro del pueblo en su condición final de redención y felicidad. No describe cómo se alcanza la salvación, por cuanto ésta se ha realizado y se disfruta." Otra vez Davidson: "Ezequiel, desde luego, espera una restauración en su sentido verdadero, pero es una restauración completa, que abraza a todos los miembros esparcidos de Israel, una restauración final, siendo la entrada de Israel en su felicidad y perfección eterna, y el disfrutamiento de la plena presencia de Jehová en medio de ella. La restauración esperada por el profeta, y descrita aquí, no es la que se verificó en la historia, así como tampoco se efectuó en la historia la restauración predicha en Is. 40. Ambas, la restauración de Isaías, y la de Ezequiel son ideales religiosos, y cuadros del estado final del pueblo y del mundo." Dice Cobern: "Esta fue una visión de realidades espirituales representadas en cuadro por un templo y su ambiente, que expresaba bajo símbolos bien conocidos ciertas ideas fundamentales y eternas tocante al verdadero culto a Dios. Los cautivos que volvían a su país después de la restauración sin duda expresaron estas ideas en su nuevo templo del modo que mejor se adaptaba a las circunstancias, no buscando una conformidad literal."

Estas opiniones muestran la idea prevaleciente respecto a los últimos capítulos de Ezequiel, de que son figurados en carácter, siendo su valor más bien mesiánico, pero con la limitación de que servía a los cautivos como inspiración para creer que la reedificación del templo era possible, y dándoles el motivo para proceder a reedificarlo, una vez realizada la restauración a su tierra. Por esto, como dice Skinner: "Los nueve últimos capítulos registran lo que evidentemente fue la experiencia más sublime de la vida del profeta. Su ministerio principió con una visión de Dios; culmina en una visión del pueblo de Dios, o más bien, de Dios en medio de los de su pueblo, reconciliado con ellos, reinando sobre ellos, e impartiendo a ellos las bendiciones y las glorias de la dispensación final." Otra vez Skinner: "En su sentido más estricto, es una profecía mesiánica, v. g.: un cuadro del reino de Dios en su estado final, como el profeta había sido guiado a comprenderlo."

En resumen, en estos nueve capítulos tenemos a Ezequiel que en visión es transportado a Jerusalén, donde un guía celestial le muestra la nueva ciudad y el templo.

Tres temas se tratan en esta sección: (1) Descripción del nuevo templo, 40:1–43:27; (2) Ordenanzas del templo, 44:1–46:24; (3) La tierra santa. 47:1–48:35.

1. Descripción del nuevo templo. 40:1–43:27

Como primer tema en su cuadro ideal de la restauración del culto divino, Ezequiel presenta una descripción del nuevo templo. Para claridad, repetimos aquí que Ezequiel no ideaba un plano que esperaba fuese seguido al pie de la letra, al reconstruir el templo, sino que el profeta enseñaba ideas espirituales y aportaba inspiración a los cautivos, que no creían que la restauración de la nación fuese posible.

i. El pórtico y el atrio exterior. 40:1–27

Tenemos primero una descripción del pórtico exterior (vs. 6–16), y el atrio exterior (vs. 17–27).

a. Visión del varón con el cordel de lino y la caña de medir. 40:1–4

El profeta Ezequiel, que vivía en el cautiverio, siempre fechaba los acontecimientos de acuerdo con el cautiverio del rey Joaquín, que fue a Babilonia en el mismo año que Ezequiel. Esta serie de predicciones fue pronunciada en el año veinticinco de nuestro cautiverio … a los catorce años después que la ciudad fue herida. Se fecha, pues, en el año catorce, al principio del año, o sea, unos catorce años después de la caída de Jerusalén, que corresponde aproximadamente con 572 a. de J. C. (comp. Matthews).

Siendo el profeta trasportado en visión a Palestina, estando en éxtasis, fue asentado sobre un alto monte, en el cual había un gran edificio, que era el templo, es decir, el nuevo templo de la visión de Ezequiel. En el pórtico del edificio, el profeta ve un hombre con instrumentos de medir, quien lo ha de conducir por el edificio. Según las instrucciones de su guía, Ezequiel ha de observar detenidamente las cosas que ve, y describirlas después al pueblo de Israel.

b. Medida del muro. 40:5

Mientras Ezequiel miraba, el varón celestial midió el muro exterior del templo. La caña que empleaba era de seis codos, que (equivaliendo el codo como a 45 centímetros) sería de 270 centímetros de largo. Sin embargo, parece que tenemos una medida especial aquí: el codo ordinario era de seis palmos; puesto que aquí se dice que se trata de una caña de seis codos, de un codo y palmo, vemos que era un codo de siete palmos. La caña, pues, equivalía en realidad a siete codos ordinarios; sería pues de 315 centímetros.

c. La puerta del oriente. 40:6–16

Se habla primero de la entrada principal del templo (v. 6), que quedaba hacia el oriente (Cobern). La anchura de la puerta era de siete codos (véase la explicación del párrafo anterior). Al entrar había una escalera de siete gradas, o escalones. Esta escalera es la primera de tres que había en el templo (véanse los versículos 31 y 49); la segunda subía al atrio interior, y la tercera al santuario.

Luego midió el varón celestial la entrada del portal (v. 9), o sea, el pórtico, al cual subía la escalera.

Al lado de la puerta exterior había cámaras (vs. 7, 10), tres en cada costado, que medían cada una un poco más de tres metros (v. 7). Estas cámaras habían de servir para los centinelas, o guardas del templo, que preservarían orden en la casa de Jehová.

Pasando por el pórtico, se llegaba a otra entrada, que daba al atrio de adentro. Esta puerta tenía de ancho diez codos, o sea, cuatro metros y medio.

El ancho del edificio que encerraba el pórtico y las cámaras era de veinticinco codos (v. 13): el pórtico, diez; las cámaras de cada lado, seis más seis; que son ventidós; así se deja un codo y medio para cada muro. El pasaje en el v. 14: E hizo los postes de sesenta codos, es mejor entenderlo: Y midió el vestíbulo, veinte codos, y así la ERV, Davidson, Lofthouse, etc., que siguen la Septuaginta; sería, pues, nueve metros. Se da también el largo del edificio (vestíbulo) desde la puerta (v. 15) en cincuenta codos, o 22.5 metros. Las cámaras de los guardas tenían ventanas estrechas (v. 16), aberturas cubiertas con enrejado, que permitían la entrada de luz y aire.

Se hace notar aquí que la descripción y las dimensiones de esta puerta oriental, con su vestíbulo y sus cámaras, son iguales a las de las otras dos puertas exteriores, la septentrional (vs. 20–23) y la meridional (vs. 24–27), como se hará saber en la exposición del resto del capítulo.

d. El atrio exterior. 40:17–27

Habiendo pasado por la puerta oriental, y por el vestíbulo que tiene sus cámaras a los lados, Ezequiel fue llevado adentro, donde había un patio, llamado el atrio exterior (v. 17). Este atrio es llamado exterior para distinguirlo de otro más interior (vs. 28–47), que encerraba propiamente el santuario. Alrededor del atrio exterior había un solado (VM: "pavimento de mosaico"), que rodeaba el atrio en tres lados. Se caracteriza como solado más bajo (v. 18) para distinguirlo del pavimento del atrio interior, que estaba a un nivel más elevado. Sobre este pavimento más abajo se situaban cámaras: en el muro oriental diez, con diez en el muro septentrional, y diez en el meridional. (Acordémonos que el santuario, lugares santo y santísimo, se hallaba al oeste del templo, en cuyo muro no había puerta.) En cada muro, de los tres que tenían puertas (oriental, septentrional, y meridional), éstas se hallaban en el centro, con cinco cámaras a cada costado. El número total de cámaras era de treinta. Estas servían para reuniones, para banquetes sagrados, y para otros fines misceláneos (Lofthouse).

Se debe hacer notar aquí que, así como había tres puertas exteriores que daban entrada al atrio exterior, asimismo había tres puertas que servían para entrada al atrio interior. Estas puertas interiores estaban en oposición a las puertas exteriores, oriental, meridional y septentrional.

Los vs. 20–23 tienen una descripción de la puerta septentrional en el muro exterior; esta puerta era idéntica a la puerta oriental, ya descrita. Véase antes.

Los vs. 24–27 describen la puerta meridional, también idéntica a la puerta oriental, cuyo comentario se ha hecho ya.

ii. El atrio interior. 40:28–47

En las notas anteriores ya se han hecho algunas referencias a este atrio. En general tenía tres puertas, incluía cámaras para los sacerdotes, lugares de cocinar para sacerdotes, el altar, y lo más importante, el santuario con su lugar santo y su lugar santísimo.

a. Las tres puertas. 40:28–37

Las tres puertas del atrio interior correspondían a las tres del atrio exterior: si uno entraba al atrio exterior por la puerta oriental, podía seguir derecho para entrar al atrio interior por su puerta oriental correspondiente. Del mismo modo la puerta septentrional exterior conducía derecho a la puerta septentrional del atrio interior, y asimismo la puerta meridional exterior guiaba derecho a la puerta interior correspondiente.

(1) La puerta meridional. 40:28–31

Puesto que Ezequiel entró al templo por medio de la puerta central, o sea la oriental, a su izquierda quedaba la meridional, que se describe en este trozo bíblico.

Las tres puertas interiores eran iguales a las puertas del atrio exterior (Véase descripción), a excepción de que los pórticos (mejor que arcos) estaban al revés (Plumptre, Lofthouse): el pórtico miraba el atrio exterior (Davidson). Las medidas también eran iguales. Tenían cámaras para los guardas, y escaleras que subían al nivel más alto, que tenía el atrio interior sobre el atrio exterior.

Ezequiel entró al atrio interior por la puerta meridional, porque allí el ser celestial terminó de medir el atrio exterior.

(2) La puerta oriental. 40:32–34

La puerta oriental, que el ser celestial midió en seguida, era idéntica a la meridional. Véanse las notas en el pasaje correspondiente.

(3) La puerta septentrional. 40:35–37

En tercer lugar, el ser celestial midió la otra puerta, la septentrional, cuya descripción coincide con las otras dos puertas del atrio interior. Véanse las notas sobre la puerta meridional.

b. Las cámaras del atrio interior. 40:38–46

Así como había cámaras en el atrio exterior, también las había en el atrio interior, que servían, en su conjunto, para fines relacionados con la liturgia del templo, como Ezequiel preconcebía que ésta había de ser celebrada (idealmente) en la restauración.

(1) La cámara y las mesas. 40:38–43

La cámara para el lavamiento de los sacrificios (v. 38), y las mesas sobre las cuales se degollaba a las víctimas (v. 39), se situaban junto a la puerta septentrional (v. 40) (Davidson, Fausset), aunque algunos (interpretando de otra manera la expresión hebrea) creen que podría ser la puerta oriental (Ewald, cit. en Keil), o aun todas las puertas (Keil). El hecho de que estaban en la puerta septentrional refleja la ley levítica, que ordenaba que el sacrificio de las víctimas debía verificarse al norte del altar (Lev. 1:11).

(i) La cámara. 40:38

Si esta cámara estaba dentro del pórtico, o afuera en el atrio, parece inseguro (comp. Cobern). Era usada para lavar los sacrificios.

(ii) Enumeración y ubicación de las mesas del sacrificio. 40:39–43

En la entrada de la puerta del norte (dentro del pórtico) había cuatro mesas (dos de cada lado), sobre las cuales se degollaba el holocausto y otros sacrificios oficiales y generales (v. 39) (comp. Cobern). Afuera, dentro del atrio exterior y junto a la escalera, había también cuatro mesas (vs. 40, 41). Estas se ubicaban en el atrio exterior por cuanto eran usadas para las víctimas ofrecidas por individuos, y su inmolación podía ser vista por los que las presentaban (Plumptre). Además, había cuatro mesas de piedra que se relacionaban con el holocausto, sobre las cuales se ponían los instrumentos con que se preparaban las víctimas (v. 42). Los ganchos (v. 43) servían para colgar la carne, después de ser degolladas las víctimas.

Había, pues, doce mesas en total (Plumptre, Cobern, etc.).

(2) Cámaras para sacerdotes y cantores. 40:44–46

Este pasaje es obscuro y ha provocado mucha discusión entre los comentaristas. Parece que en el v. 44 se mencionan por lo menos tres cámaras (comp. Plumptre: diagrama). Estaban dentro del atrio interior; dos de ellas estaban junto a la puerta septentrional, y una junto a la puerta oriental. La cámara que mira hacia el mediodía (v. 45), que estaba junto a la puerta del norte (v. 44), era para los sacerdotes que guardaban el templo, que serían sacerdotes de la descendencia de Aarón, pero de la línea de Itamar, en distinción a los hijos de Sadoc (v. 46) que guardaban el altar. (Comp. Keil.) (Los descendientes de Itamar fueron separados de la ministración al altar por Salomón: véase la nota sobre 1 Reyes 2:27, en Tomo II.) La cámara que mira hacia el norte (v. 46), en la puerta oriental (Plumptre), servía para los sacerdotes, descendientes de Sadoc, que guardaban el altar. La cámara (o cámaras) de los cantores (v. 44) estaba junto a la puerta del norte: servía para los levitas que cantaban los coros que acompañaban la liturgia de los sacrificios.

c. Medida del atrio interior. 40:47

El atrio interior era de cien por cien codos, o sea 45 por 45 metros.

iii. El santuario. 40:48–41:26

Tenemos aquí una descripción del santuario (lugar santo y lugar santísimo), como Ezequiel lo veía en el templo que ideaba. La palabra templo (como se emplea en el v. 48) denota el santuario.

a. El pórtico. 40:48, 49

El santuario también tenía su pórtico, con escalera ascendente a este lugar más alto de todo el edificio, de diez escalones, según la Septuaginta. Tenía también dos columnas (postes) a la derecha y a la izquierda, al estilo de las dos columnas Boaz y Jachín en el templo de Salomón (1 Reyes 7:21). La puerta era doble, estando cada parte colgada por sus bisagras a su poste, de tres codos cada mitad. El pórtico mismo era de once codos de ancho, y veinte de largo. (Comp. Keil).

b. El lugar santo. 41:1, 2

Se dan luego las dimensiones del lugar santo. En vez de tabernáculo, es mejor leer con la Septuaginta postes (y así Davidson, Cobern, y otros), a menos que se quiera entender tabernáculo aquí empleado como en medio de las medidas del lugar santo como referente a éste mismo, lo que es contrario al uso general de la palabra, y a su posición en esta oración.

Las dimensiones de la parte delantera del lugar santo (exterior) son, pues: los postes (los muros de la entrada: Lofthouse), seis codos cada uno; diez la puerta; y el espacio a cada lado de la puerta cinco a cada costado: así que son 6 más 6 más 10 más 5 más 5, que son 32. Esto está de acuerdo con las dimensiones interiores: el ancho del lugar santo, 20 codos; sus muros, 6 codos cada uno (v. 5); son 32.

c. El lugar santísimo. 41:3, 4

El lugar santísimo tenía la mitad del área del lugar santo, y era cuadrado: 20 codos por 20, o sea, 9 metros por 9.

d. El muro del santuario y sus cámaras. 41:5–11

Estas cámaras servían para guardar muebles y otras cosas relacionadas con el templo y su liturgia (Lofthouse). Rodeaban el santuario en tres lados (Plumptre), y estaban en tres pisos, treinta en cada piso (VM: v. 6: "Y las cámaras laterales estaban en tres pisos, una sobre otra, treinta en orden") (comp. Davidson, Cobern, etc.). Las cámaras de los pisos altos eran alcanzadas por medio de una escalera en forma de espiral (caracol, v. 7). Las cámaras medían cuatro codos de ancho, o sea, un metro con ochenta centímetros. Las cámaras de más arriba eran más grandes, porque el segundo y tercer pisos descansaban sobre estribos, siendo menos grueso el muro del santuario arriba que abajo.

e. Medidas del edificio detrás del templo. 41:12

Separado del santuario, y detrás de él; había un edificio de setenta por noventa codos (31.5 metros por 40.5). Aunque su propósito no se conoce, parece que servía para quemar el becerro de la expiación (43:21) (comp. Plumptre), y quizás otras partes de sacrificios que no se comían ni se quemaban sobre el altar de bronce. El apartamiento, o sea, el espacio entre el santuario y el edificio de atrás, se calcula que medía veinte codos.

f. Total de las medidas del santuario. 41:13–15a

El largo del santuario (incluyendo el apartamiento) era de cien codos, y su anchura también de cien, o sea, 45 metros.

g. Descripción del interior del santuario. 41:15b–26

Todo el interior del lugar santo y del lugar santísimo estaba enchapado (vs. 15b–17), y sobre esta chapa de madera estaban grabadas figuras de querubines y palmas (vs. 19, 20). En el lugar santo estaban el altar de madera (de incienso), y la mesa de los panes de la presencia (v. 22). Las puertas del lugar santo y del santísimo eran dobles: cada mitad tenía sus propias bisagras (vs. 23, 24); sobre estas también se habían labrado figuras (v. 25).

iv. Otros edificios en el conjunto sagrado. 42:1–20

En este capítulo tenemos una descripción de otros edificios en el atrio exterior, o sea, las cámaras de los sacerdotes, y los usos de ellas, con otras medidas.

a. Las cámaras de los sacerdotes. 42:1–12

A la derecha y a la izquierda del santuario, del apartamiento, y del edificio detrás de aquél, estaban dos cámaras, las de los sacerdotes. Las usaban los sacerdotes, según se describe en los vs. 13, 14. Estas cámaras estaban en el atrio de afuera, o sea, el exterior, aunque su uso se relacionaba íntimamente con la liturgia del santuario. El edificio de hacia el norte (v. 1) se refiere al muro septentrional del santuario y no al edificio mencionado en 41:12 y sig. (Lofthouse).

La cámara en el sector septentrional se describe primero (vs. 1–9).

Desde su posición en el atrio exterior cerca de la puerta del norte (v. 1), el profeta contempla la cámara de los sacerdotes que quedaba en ese lado, y la veía como de cien codos (45 metros) de largo y cincuenta codos (22.5 metros) de ancho, su dimensión exterior, ya que el profeta no entró (Plumptre).

Los veinte codos (v. 3) probablemente denotan el apartamiento (Davidson). La cámara, pues, estaba entre este apartamiento, por un lado, y el solado (pavimento) por el otro (véanse 40:17–27 y nota), y cerca de las cámaras en tres pisos comentadas antes.

A lo largo de esta cámara había un corredor (vereda), siendo de diez codos (4.5 metros) de ancho, y cien codos (en vez de un codo del v. 4, siguiendo la Septuaginta, Plumptre, Davidson, etc.) de largo, o 45 metros, que correspondía al largo del edificio. Esta serie de cámaras estaba también en tres pisos, como las cámaras que rodeaban el santuario, y arriba, en el segundo y tercer pisos, había galerías, cuyo ancho hacía más estrechas las cámaras de arriba.

El muro que estaba afuera (v. 7) parece haber sido un muro que quedaba al este de la cámara de los sacerdotes; por cuanto su largo era de cincuenta codos, igual a la anchura de la cámara (v. 8), quizás del tipo del tabique, o reja, (Plumptre), ocultaba las ventanas de las cámaras de la vista del pueblo que se hallaba en el atrio exterior (comp. Keil, v. 9). El muro delante de la fachada del templo (v. 8) sería el muro que quedaba enfrente del santuario. Al lado oriental de la cámara estaba su entrada, invisible desde el atrio, por cuanto estaba oculta detrás del tabique (v. 9). La expresión debajo de las cámaras estaba la entrada es difícil, pero parece que se explica en que, desde el punto de vista del pueblo, cuando entraba en el atrio por la puerta oriental exterior, la cámara parecía elevarse desde el mismo tabique (comp. Plumptre, Keil, etc.).

Los vs. 10–12 describen la cámara de los sacerdotes que estaba en el sector meridional del atrio exterior, igual en su características a la cámara del norte, teniendo también su entrada en el lado oriental. (Nota: En vez de hacia el oriente (v. 10), debe leerse hacia el sur: Davidson, y otros.)

b. El propósito de las cámaras de los sacerdotes. 42:13, 14

La lonja (v. 13) denota el espacio llamado apartamiento (41:12 y nota). En las cámaras que quedaban enfrente de este apartamiento los sacerdotes comían las ofrendas (aunque se cocinaban en otra parte: 46:19, 20), o sea, las partes que no eran quemadas en el altar. Debemos entender que había varios departamentos, o celdas, en la cámara, porque era un edificio grande (45 metros por 22.5). En una parte se guardaba la carne santa (v. 13) hasta que se cocinaba. También se depositaba allí la vestimenta sagrada de los sacerdotes, que no podían llevarla afuera, y que tenían que quitársela para salir de la cámara al atrio exterior (Plumptre). Comp. Ex. 28:43.

c. Medidas del muro que rodeaba los edificios sagrados. 42:15–20

Luego el ser celestial procedió a medir el muro que rodeaba toda el área del templo: santuario, atrio interior, atrio exterior, etc. Este sector medía 500 cañas en cada lado. Ya hemos indicado que la caña era de siete codos (40:5 y nota), o sea, 315 centímetros. El muro de cada costado medía, pues, 1575 metros. Aunque, en realidad, tal edificio no cabría en el monte Moría, ni en ningún otro monte de Jerusalén, no es necesario ver dificultad en esto, puesto que Ezequiel habla en sentido figurado, como se ha hecho notar ya.

v. Vuelta de la gloria de Jehová y mensaje a su profeta. 43:1–27

Este trozo, que pinta la vuelta de la gloria de Jehová a su templo restaurado, es una culminación apropiada de la primera parte de la Profecía, en donde se presenta el cuadro de la ida de la gloria de Jehová de su santuario, dejándolo para su destrucción. Ahora, el templo ha sido destruído, el pueblo ha sido castigado en el cautiverio, y se ha arrepentido; el templo ha sido restaurado (en visión), y vuelve la gloria de Jehová para ocupar su sitio en medio de su pueblo.

a. Vuelta de la Schekinah. 43:1–5

Siendo llevado a la puerta oriental del atrio exterior, el profeta ve acercarse la gloria de Jehová, que venía desde el oriente. Puesto que la maquinaria de traslado de la Schekinah había sido descrita detalladamente en el cap. 1, no se vuelve a repetir aquí esta descripción. Luego la Schekinah entró por la puerta oriental, y penetró en la "casa," en el santuario, para tomar su lugar acostumbrado en el lugar santísimo. Siendo llevado el profeta (en espíritu) al atrio interior, en donde él tenía acceso, por ser también sacerdote, pudo ver que la gloria de Jehová, la nube luminosa que concretaba su presencia, henchía el santuario.

No ha de escapar a la atención del lector que, así como la partida de la Schekinah (al principio de la Profecía de Ezequiel) mostraba que Dios abandonaba a su pueblo, su vuelta demuestra ahora que Dios otra vez bendice a su pueblo, morando en medio de él.

b. Afirmación divina de su morada eterna entre su pueblo. 43:6–9

El profeta oyó una voz que hablaba, y vio un varón, que probablemente se identifica con el ser celestial de 40:3, el que había medido los edificios (capítulos 40–42). Ahora, hablando en nombre de Jehová, el varón celestial aseguró al profeta acerca de la continuada y eterna morada de Dios entre su pueblo. Esto supone la condición establecida en seguida (vs. 8, 9), de que el pueblo realmente se ha arrepentido de sus pecados y sus maldades. Esta promesa, que aparece con frecuencia en los escritos proféticos, la vemos cumpliéndose en la historia, después de que el pueblo judío volvió a sus "abominaciones" y rechazó al Mesías, en el pueblo cristiano.

c. Comisión al profeta para que muestre al pueblo el plano del templo. 43:10–12

Dice Cobern: "Estos versículos comprueban que había en todos estos minuciosos detalles un profundo significado simbólico, que podía ser comprendido por aquéllos para quienes escribía Ezequiel. Este cuadro de un culto perfectamente santo tenía el propósito de traer a los cautivos al arrepentimiento."

El profeta recibe la comisión de mostrar a los cautivos el plano del templo, a fin de convencerlos de sus pecados. El punto inspirador para ellos había de ser que el profeta tenía un plano para la restauración del templo, un plano de Dios mismo, que demostraba el propósito divino de elevar nuevamente en Jerusalén su casa.

d. El altar. 43:13–27

El punto céntrico del templo, desde el punto de vista del adorador, era el altar, sobre el cual él expiaba el pecado que se interponía entre él y Dios. Es natural, pues, que inmediatamente después del relato de la vuelta de la Schekinah a su lugar, se disponga el lugar en el cual ha de expiar su transgresión el pueblo, aquella transgresión que hizo que la gloria de Jehová se fuese.

(1) Medidas del altar. 43:13–17

El altar había de ser hecho en cuatro secciones; una sobre otra, teniendo cada una medio codo de altura (véase el diagrama en la versión española de Bover y Cantera). La sección más alta tenía doce codos de ancho y doce de largo, o sea, 5.4 metros por 5.4. La sección que quedaba inmediatamente abajo tenía catorce codos, pues la tercera habría tenido dieciséis, y la base dieciocho (comp. Davidson). Era, pues, una estructura grande, a la cual, para quemar las ofrendas, los sacerdotes subían por medio de una escalera (v. 17), que estaba en el lado oriental.

(2) Consagración del altar. 43:18–27

Es interesante que, en el templo de Ezequiel, sólo el altar es consagrado. Esto bien podía ser, como Cobern señala, porque Jehová ya había entrado en su santuario, pues todo esto estaba limpio. En cambio, puesto que los pecados del pueblo tenían que ser puestos sobre el altar, éste era inmundo y necesitaba de limpiamiento. Durante siete días habían de ser celebradas las ceremonias de purificación.

2. Ordenanzas del templo. 44:1–46:24

En esta sección se indican las ordenanzas que habían de controlar la liturgia del templo, así como otros asuntos relacionados con el buen proceder del culto y de la religión de Jehová.

i. Ordenanzas tocante a los ministros. 44:1–31

En este capítulo se presentan ciertas limitaciones y cualidades de los que habían de ministrar en el templo, o sean los sacerdotes.

a. Limitaciones en cuanto a la puerta oriental. 44:1–3

La puerta oriental del atrio exterior había de permanecer cerrada, por cuanto por ella entró Jehová al volver a su templo. Una excepción se nota en el v. 3: el príncipe podía participar en la comida santa en el pórtico oriental. Sin embargo, Cobern sugiere que tal vez ni él entró por la puerta, sino que se dirigió al pórtico desde el atrio exterior, habiendo entrado en el atrio por la puerta meridional o la septentrional.

El príncipe, figura mística que se introduce aquí por primera vez en la Profecía de Ezequiel, evidentemente es el representante de la descendencia de David que ejercería en la restauración la autoridad civil. Sin embargo, en la historia queda un ser figurado, puesto que durante la restauración y el período interbíblico, ningún descendiente de David ocupó la autoridad civil, si se exceptúa a Zorobabel, que con Josué compartió la autoridad cuando el primer grupo de cautivos volvió a su tierra. Pero debemos recordar que el templo que describía Ezequiel, así como necesitaba de sacerdotes, también requería un príncipe, que se ocupara de la autoridad civil; así que el príncipe servía una finalidad necesaria en la economía que el profeta preveía para la época después del cautiverio. Pero además, podemos ver un elemento mesiánico en este ser, de acuerdo con la norma que rige la interpretación de las profecías del Antiguo Testamento. Se compara, pues, con la referencia a David en 34:22–24 y 37:24, 25, cuyas notas véanse. Comp. Plumptre.

b. Limitaciones adicionales en cuanto a los ministros del templo. 44:4–14

Se agregan ciertas limitaciones adicionales en cuanto a los ministros en el templo, especialmente respecto a los extranjeros, que no debían funcionar dentro de sus recintos sagrados, siendo los ministros aptos para funciones santas, elegidos sólo de entre los descendientes de Leví.

(1) Exclusión de los extranjeros de las funciones sagradas. 44:4–9

Nuevamente el profeta recibe una visión de la gloria de Jehová. Es comisionado para hacer saber al pueblo, que ha pecado en el pasado permitiendo que extranjeros sirvan de ministros en la casa del Señor; en el porvenir este infringimiento no debe seguir. Por supuesto no se excluye a los extranjeros de traer sacrificios a la casa de Jehová, sino de participar como ministros en la celebración del culto.

(2) Los levitas, los ministros correctos en el templo. 44:10–14

Las funciones que en el pasado habían sido desempeñadas por extranjeros, desde ahora debían ser desempeñadas por los levitas, a quienes la ley mosaica había señalado desde el principio para tales funciones: guardando las puertas, dando muerte a los animales para los sacrificios, cocinando la carne para la comida del sacrificio, etc. (Davidson). En el servicio de los levitas se exceptúa la función sacerdotal (v. 13), que debían desempeñar los descendientes de Aarón, y especialmente (después de la época de Salomón) por los aaronitas del linaje de Sadoc.

c. Los hijos de Sadoc y el servicio del templo. 44:15–31

El profeta señala ahora detalladamente las obligaciones y los privilegios de la clase sacerdotal, la línea de Sadoc, quienes sólo podían oficiar en las tareas más altas de la liturgia.

(1) Selección de los descendientes de Sadoc como sacerdotes. 44:15, 16

El profeta repite algo que ya se ha hecho saber antes en su profecía: que sólo los aaronitas de la línea de Sadoc, uno de los cuatro hijos de Aarón, podía hacer los sacrificios. (Véase la nota de 40:44–46.)

(2) Obligaciones y restricciones del sacerdocio. 44:17–27

En su ministración en las cosas y en los lugares sagrados, los sacerdotes debían llevar una vestidura de lino, quitándosela al partir de los recintos santos (vs. 17–19). No debían cortar su cabello (v. 20). Habiendo tomado vino, no debían entrar a hacer sus funciones sagradas (v. 21). Su casamiento debía ser con vírgenes, y no con viudas o divorciadas (v. 22). La función de enseñar al pueblo tocante a las cosas de Dios pertenecía a los sacerdotes (v. 23). Actuarían de jueces en los pleitos y desacuerdos del pueblo (v. 20). Las limitaciones en cuanto a los funerales se marcan: sólo por ciertos parientes íntimos podían contaminarse entrando donde estaba el muerto (vs. 25–27), purificándose después de un contacto lícito con siete días de separación de sus funciones en el templo.

(3) Ofrendas que pertenecían a los sacerdotes. 44:28–31

Para asentar el principio de que el sacerdote pertenecía de una manera especial a Jehová, así como Dios era la posesión particular de los sacerdotes, no se les daba herencia a ellos en la tierra; su sustento venía de las ofrendas que el pueblo hacía a Dios: especialmente eran concedidas a los sacerdotes ciertas ofrendas (v. 29): el presente (oblación de presente: Lev. 2:1–16 y nota, Tomo I, pág. 320), la expiación (VM: "la ofrenda por el pecado," véase la nota de Lev. 4:1–5:13, Tomo I, pág. 321), y el sacrificio por el pecado (VM, correctamente, "la ofrenda por la culpa;" véase la nota de Lev. 5:15–6:7, Tomo I, pág. 322). Algunas otras ofrendas también pertenecían a los sacerdotes: toda cosa dedicada (v. 29), las primicias, las ofrendas alzadas (Núm. 15:19–21, VM), etc.

ii. Reglamento para la celebración de los ritos del templo. 45:1–46:24

En estos dos capítulos tenemos asuntos relacionados con el templo y la celebración de su culto: repartición del centro de la tierra, obligaciones del príncipe, las fiestas, entrada y salida de los atrios, las ofrendas de las fiestas, la ofrenda diaria, la herencia de los hijos del príncipe, y las cocinas para la preparación de las comidas de los sacrificios.

a. Repartición de la parte media de Palestina. 45:1–8

El centro religioso y político de Israel había de ser en la parte media de la tierra de Palestina: la suerte santa (48:21). Ocuparía un lugar extenso, cuadrado, de 25,000 cañas por 25,000; equivaliendo la caña como a siete codos (40:5 y nota), tenemos 78,750 metros por 78,750. Sus límites se extenderían pues, desde el mar Mediterráneo en su extremo noroeste, hasta el Jordán en el este, y desde el mar Muerto por el sur, casi hasta el lago de Galilea por el norte. En esta área se incluiría una porción para sacerdotes y para el templo, otra parte para los levitas, y otra para la ciudad.

Aunque nunca en su historia estuvieron el templo y la ciudad capital en medio del país, este arreglo ideal del profeta Ezequiel parece obedecer a su confianza en que contribuiría al efecto de unidad (característica del pueblo restaurado, en que la antigua división de la nación en dos partes desaparecería); la presencia de la antigua capital de Jerusalén en la parte meridional del país tendía a provocar celos de parte de los habitantes del norte; en la nueva repartición de la tierra, el sitio político y religioso estaría en el centro del país.

(1) La suerte para Jehová. 45:1–4

En la repartición de la tierra, al ser restaurado el pueblo a Palestina, una porción extensa había de ser asignada para el templo, y para la habitación de los sacerdotes que funcionaban en el santuario. Esta porción medía 25,000 cañas por 10,000, o sea, 78,750 metros de este a oeste, y 31,500 metros de norte a sur. Esta herencia se había de hallar en medio, estando al norte la porción de los levitas (descrita después) y al sur la parte de la ciudad (véase después). En el v. 2 tenemos las dimensiones del templo: quinientas de longitud, y quinientas de ancho. En este caso deben ser codos y no cañas (Davidson), pues el área del templo sería de 225 por 225 metros. Alrededor del templo había un margen de 50 codos (22.5 metros) que serían los ejidos de los sacerdotes, o sea, tierra que podría servir para sus casas (v. 4).

(2) La parte de los levitas. 45:5

Al norte de la porción del templo y de los sacerdotes, y de igual extensión, quedaba la parte de los levitas. Allí ellos podían tener sus casas, con ciertas tierras reducidas que podrían servirles para su sostén.

(3) La parte de la ciudad. 45:6

Al sur de la suerte de Jehová, y la mitad de su extensión, quedaba la porción de la ciudad: 25,000 cañas desde el este hasta el oeste, y 5,000 cañas desde el norte hasta el sur: 78,750 metros por 15,750. En medio estaba la ciudad, y en ambos lados tierra en que podía vivir el pueblo. Después (cap. 48) se comentará la repartición de las tribus en la tierra, porque fuera de estas áreas designadas, al norte y al sur, cada tribu tenía su porción señalada en la tierra.

(4) La parte del príncipe. 45:7, 8

Al príncipe se le concedía también una parte, o mejor dicho, dos partes: una al oeste del cuadro ya repartido, la suerte santa, (que contenía la suerte de Jehová, la de los levitas, y la de la ciudad), igual en longitud (25,000 cañas), y extendiéndose hasta el Mediterráneo; otra parte al este del cuadro, y de su longitud, extendiéndose hacia el este. (Comp. Plumptre, Davidson, etc.) Puesto que a la autoridad civil se le había concedido una herencia aproximadamente igual a la de cada tribu (cap. 48), se espera que no habría causa para que el príncipe oprimiera al pueblo quitándole sus tierras (v. 8). La repartición del resto de la tierra de Palestina entre el pueblo, comentada en el cap. 48, se anticipa aquí: Y darán la tierra a la casa de Israel por sus tribus.

b. Obligaciones del príncipe. 45:9–17

Ciertas obligaciones del príncipe se señalan aquí, primero en relación con la administración de justicia entre el pueblo, luego respecto a sus deberes para con Dios.

(1) Establecer medidas justas. 45:9–12

Como ilustración de la justicia que el príncipe ha de hacer entre el pueblo, se toma un aspecto: el establecer medidas justas, tanto de peso como de capacidad. (Nota: Estas medidas han sido comentadas ya; consúltese el Indice en el Tomo II.)

(2) Ofrendas del príncipe. 45:13–17

De los frutos y productos de la tierra el pueblo había de pagar un impuesto al príncipe (vs. 13–16), a fin de que él pudiera presentar también ofrendas a Jehová. Especialmente las ofrendas requeridas en las grandes fiestas religiosas (v. 17) habían de ser aportadas por el príncipe.

c. Fiestas y solemnidades. 45:18–46:7

Así como ciertas fiestas religiosas habían sido observadas en la tierra antes del cautiverio, también serían celebradas en el nuevo orden que Ezequiel prevé: la fiesta del nuevo año (45:18–20), la pascua (45:21–24), tabernáculos (45:25), el sábado y nueva luna (46:1–7). Estas fiestas han sido comentadas en la exposición de la ley mosaica en el Tomo I; consúltese el índice.

d. Reglamento del desfile de los adoradores en el culto. 46:8–10

Para facilitar el desfile de los adoradores que entraban en el templo a observar los sacrificios, se disponía que los que entraban por la puerta septentrional, saliesen por la meridional, y los que entraban por la meridional, saliesen por la septentrional. Solamente al príncipe se le permitía salir por la misma puerta que entraba. (Comp. Matthews.) En ocasión de las grandes fiestas, el príncipe tenía que salir y mezclarse con el pueblo (v. 10).

e. Ofrendas de las fiestas. 46:11, 12

Se disponen ciertos sacrificios para los días de fiesta, y se indica cuáles habían de ser las ofrendas del príncipe (v. 12). En ocasiones cuando el príncipe venía para hacer ofrendas, se abría la puerta oriental (del atrio interior), ordinariamente cerrada, y se le permitía entrar en el pórtico.

f. La ofrenda diaria. 46:13–15

La ofrenda diaria era un holocausto (véase la nota de Lev. 1:3–17, Tomo I, pág. 320), cuya idea céntrica era la consagración, simbolizada por la quema entera de la víctima.

g. Reglamento para la herencia de los hijos del príncipe. 46:16–18

La regla respecto a la disposición de la herencia del príncipe es sencilla: sus hijos recibirían una parte a perpetuidad, pero una parte alquilada o vendida a un siervo había de ser devuelta al príncipe y su familia en el año del jubileo. Esto estaba de acuerdo con el principio de las herencias, que siempre había regido entre los hebreos, y tenía el propósito de guardar la tierra dentro de una familia, con el resultado de que ninguna familia quedaría jamás sin tierra, que era el medio de sustento, por cuanto ésta se devolvía al fin del año quincuagésimo a sus dueños originales (o a sus descendientes).

h. Cocinas para la preparación de las comidas de los sacrificios. 46:19–24

Ya se ha afirmado que no se cocinaba la comida en las cámaras de los sacerdotes (nota de 42:13, 14), sino en lugares aparte. En dos cámaras, detrás de (al oeste de) las cámaras de los sacerdotes, se cocinaba la comida de ellos. La carne para las comidas de los sacrificios del pueblo era cocinada en cuatro patios, que se hallaban en los cuatro rincones del atrio exterior. (Comp. Plumptre.)

3. La tierra santa. 47:1–48:35

Los últimos dos capítulos de Ezequiel contienen materia en relación con la tierra santa: del río que salía del templo para hacer fértil la tierra y dulcificar las aguas amargas del mar Muerto; de los límites de la tierra; de la repartición de la tierra entre las tribus; de la descripción de las puertas de la ciudad y sus nombres.

i. La visión de las aguas de vida. 47:1–12

En esta hermosa visión de un río que sale del templo para hacer fértil la tierra santa, y hacer dulces las aguas del mar Muerto, tenemos un cuadro figurado del reino de Dios, que se reflejaba a través del reino teocrático de Israel en el Antiguo Testamento, y de la iglesia en el Nuevo Testamento. Pero el cuadro no debe tomarse como identificándose ni con el reino teocrático, ni con la iglesia, que eran organizaciones por medio de las cuales el reino de Dios funcionaba; en cambio, en esta visión de Ezequiel tenemos un cuadro profético del reino mesiánico. Dice Terry (cit. por Cobern): "¿Qué pues es el significado verdadero de estos capítulos concluyentes? Nuestra respuesta es que, como la conclusión correspondiente del Apocalipsis de Juan, esta visión del templo restaurado y perfeccionado, de sus servicios, y de la tierra, simboliza el perfeccionado reino de Dios y su Mesías."

a. El río que fluye de la casa de Dios, y que va creciendo. 47:1–5

De debajo del umbral de la puerta oriental del edificio del templo (la puerta exterior) procedía un río. En su mano tenía el ser celestial, guía de Ezequiel, un cordel, con el cual midió mil codos (450 metros) desde la casa de Jehová; en este lugar el varón hizo que Ezequiel entrase en el agua. Su profundidad era hasta los tobillos del profeta. Habiendo medido otros mil codos, nuevamente el varón hizo que el profeta pasase por las aguas, encontrando éste que su profundidad era hasta sus rodillas. Habiendo repetido el guía el procedimiento de medir, el profeta halló que la profundidad de las aguas había crecido hasta tal punto que llegaba a sus lomos. La cuarta vez que midió el ser celestial, se dio cuenta Ezequiel de que las aguas eran tantas que era necesario nadar. Así que era un río que crecía, y que sin embargo no era nutrido por tributarios, ni por otra fuente de aguas, lo que era contrario a la naturaleza, en donde el agua de un arroyo tiende a ser absorbida por la tierra. Esto ilustra la naturaleza creciente del reino de Dios. Plumptre lo compara con la parábola del grano de mostaza mencionada por Jesús (Mt. 13:31, 32).

b. Las aguas del mar Muerto sanadas. 47:6–12

En la ribera del arroyo, a pesar de que este fluía por una región árida, medio desierta, había árboles que crecían (muy muchos, dice el profeta). Esto ilustra la gran fertilidad de la tierra, lo que contribuye al efecto de la alegoría: en la era mesiánica, el pueblo sería enteramente bendecido por las aguas espirituales que proveería Dios, teniendo suficiente alimentación, habiendo sido transformado el desierto en huerto de vida.

El efecto sanador de las aguas se manifiesta en que, al entrar ellas en el mar Muerto, lo sanan y purifican. En el mar Muerto no hay vida; sin embargo, una vez que entran las aguas del arroyo de Ezequiel en el mar, pueden vivir allí peces, porque las aguas saladas y amargas han sido purificadas y dulcificadas. Aun el arte del pescador inesperadamente florecerá en la región árida alrededor en En-gedi, pueblo que está en las márgenes del mar Muerto. Los árboles que crecían en las riberas del mar, darían frutos alimenticios, y sus hojas tendrían valor medicinal.

Que este cuadro presenta el reino de Dios en el mundo, y no en el cielo, se descubre en el v. 11: Sus charcos y sus lagunas no se sanarán; quedarán para salinas. En medio de todas las bendiciones espirituales de las cuales disfrutarían los ciudadanos del reino, éstos tendrían que recordar que vivían aún en el mundo, un mundo imperfecto, lleno de corrupción y de muerte. (Comp. Plumptre, Davidson, Keil, etc.)

Nota. En relación con este cuadro del río, compárense los siguientes pasajes: Joel 3:18: "… por todos los arroyos de Judá correrán aguas: y saldrá una fuente de la casa de Jehová, y regará el valle de Sitim." Zac. 14:8: "Acontecerá también en aquel día, que saldrán de Jerusalem aguas vivas; la mitad de ellas hacia la mar oriental, y la otra mitad hacia la mar occidental, en verano y en invierno" Apoc. 22:1–3: "Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero, etc."

ii. Los términos de la tierra. 47:13–20

Los lugares que se mencionan en este pasaje, que sirven para definir los límites de la tierra, en mayor parte son desconocidos. Sin embargo, son suficientemente claros para que sepamos que, en general, los límites de la tierra son iguales a los señalados por Moisés en el contrato original que Dios hizo con su pueblo. Véase Números, cap. 34, con sus notas, en el Tomo I, pág. 375 y sig.

iii. Repartición de la tierra. 47:21–48:29

Aptamente el pasaje contiene una descripción de la repartición de la tierra entre el pueblo restaurado. Así como los trozos referentes al templo, que hemos estudiado corresponden a los libros de la ley, especialmente Levítico, que se aplicaban a la primera entrada de los israelitas en su tierra, esta parte corresponde al libro de Josué, que describe la repartición de la tierra en la primera entrada.

a. Regla general: una repartición entre israelitas y extranjeros. 47:21–23

Se instruye a los israelitas acerca de cómo repartir la tierra entre ellos, aceptando como hijos a los extranjeros que peregrinan entre ellos; habiendo sido los israelitas peregrinos también en un país lejano, más que nunca están en condiciones para ofrecer simpatía y abrigo a los extranjeros que moran entre ellos.

b. Herencias de las tribus en el norte de Palestina. 48:1–7

En esta parte se da importancia a las antiguas relaciones geográficas de las tribus por causa del carácter figurado del libro; pues en la restauración, las casi desaparecidas divisiones en tribus ejercían poca influencia en la política del país. Sólo algunos remanentes de la mayor parte de las tribus volvieron del cautiverio, aunque unos representantes aislados de todas fueron restaurados. La mayor parte de los que volvieron fueron de la tribu de Judá, con una proporción crecida de benjamitas.

Vemos una diferencia notable entre la antigua repartición de las herencias de las tribus, en tiempo de Josué, y la que dispone Ezequiel; las suertes de ciertas tribus se ponen en localidades muy distintas. Por ejemplo, la suerte de Rubén estaba antiguamente indicada al este del Jordán, y al sur. Aquí todas las tribus se ubican al oeste del Jordán; la región que quedaba al este no se tiene en cuenta para nada. Antiguamente, Zabulón estaba en el norte, aquí está en el sur.

El punto divisor entre las tribus del norte y las del sur es la suerte santa, que contiene la suerte de Jehová, la de los levitas, y la de la ciudad (45:1–8 y notas). Al norte de esta parte se hallan siete tribus: en orden, desde el norte hasta el sur: Dan, Aser, Neftalí, Manasés, Efraim, Rubén y Judá. Al sur del cuadro separado (comentadas en 48:23–28) están las suertes de las otras cinco tribus: en orden desde el norte hasta el sur: Benjamín, Simeón, Isacar, Zabulón y Gad.

Cada tribu tenía acceso al océano, porque el límite de cada tribu es el mar Mediterráneo; en el este su límite es algo indefinido: desde la parte del oriente. Pero este límite parece ser el Jordán, no siendo tenida en cuenta la región que queda al este del río (comp. los diagramas de Plumptre, y Cobern).

Nota. Estúdiese el capítulo sobre Las Tribus de Israel en la Tierra de Canaán, en el Tomo II, para una discusión de la ubicación de las tribus en la repartición original de Josué.

c. La parte media separada para el santuario, los ministros de Jehová, y la ciudad. 48:8–22

De esta parte se ha hablado con anticipación en 45:1–8. Aquí se dan ciertos detalles que no aparecen antes, aunque se repite mucho de lo que ya se había dicho. Véanse las notas de 45:1–8.

(1) Las medidas en general. 48:8, 9

Se especifica que el cuadro tiene que ser de veinticinco cañas de anchura (de norte a sur), y de longitud (de este a oeste) como cualquiera de las otras partes (es decir, de las herencias de las tribus), es a saber, desde la parte del oriente hasta la parte de la mar. No se tiene en cuenta aquí el hecho de que ciertas tribus tenían mayor extensión que otras, por cuanto la distancia desde la parte del oriente hasta la parte de la mar era mayor en el sur que en el norte.

(2) La porción de los sacerdotes. 48:10–12

En medio del cuadro dedicado estaría la porción de los sacerdotes, que incluía el santuario. Sus medidas, el carácter y la calidad de sus ministros, han sido expuestos en las notas sobre 45:1–4.

(3) La porción de los levitas. 48:13, 14

Al norte del cuadro separado, y de igual extensión que la porción de los sacerdotes, era la porción de los levitas. Véase la nota sobre 45:5. A los levitas les sería prohibido vender o alquilar sus tierras a otro israelita, porque es cosa consagrada a Jehová: las primicias de la tierra pertenecían a Jehová, y en esta conexión, las primicias son equivalentes a tierra, por cuanto esta tierra pertenecía a los levitas en concepto de primicias que ellos han recibido del pueblo.

(4) La ciudad. 48:15–20

Al sur de la porción de los sacerdotes estaría la de la ciudad. Véanse las notas de 45:6. El área de su porción era la mitad de la de los sacerdotes. La ciudad misma era cuadrada, siendo sus medidas 4,500 cañas por 4,500, o sea, 14,175 metros por 14,175. Además, tenía ejidos (suburbios) de 250 cañas (787.5 metros) al norte, al sur, al este y al oeste. Esto quiere decir que, en el norte sus suburbios alcanzaron hasta el límite con la suerte de Jehová, al sur con la herencia de Benjamín; en el oeste había una extensión de 10,000 cañas (31,500 metros) hasta el límite de la "suerte de la ciudad," donde empezaban las tierras del príncipe, y en el este otra extensión de 10,000 cañas, tocando la herencia oriental del príncipe. Estas partes que quedaban al este y al oeste de la ciudad habían de ser para que los habitantes de la ciudad las cultivaran.

(5) La suerte del príncipe. 48:21, 22

Véase la nota de 45:7, 8. Aquí se definen claramente los límites de la posesión del príncipe: al oeste y al este de la suerte santa, siendo sus límites fijados en el oeste por el Mediterráneo, y en el este definitivamente, quizás por el Jordán. En el norte su límite se fija con la porción de Judá (cuya herencia colindaba con la suerte santa), y en el sur con la porción de Benjamín (que se hallaba en el límite meridional de la suerte santa), siendo su longitud (de norte a sur) de 25,000 cañas, o 78,750 metros. Y el santuario de la casa estará en medio de ella (v 21): Entre las dos divisiones de la suerte del príncipe, occidental y oriental, estaba la suerte santa, que incluía el santuario.

d. La suerte de las cinco tribus meridionales. 48:23–28

Al sur de la suerte santa, cinco tribus hallaron su herencia, que son, de norte a sur, Benjamín, Simeón, Isacar, Zabulón y Gad. Los límites occidentales y orientales son, el mar Mediterráneo en el oeste, y el mar Muerto en el este.

e. Conclusión. 48:29

En esta breve conclusión, se señala en recapitulación la tierra que va a repartirse, se afirma que su repartición ha de ser entre las tribus de Israel, y se funda sobre la voluntad divina: ha dicho el Señor Jehová.

iv. Descripción de las puertas de la ciudad y sus nombres. 48:30–35

Se dan nuevamente las medidas de la ciudad (4,500 cañas en cada lado), y se afirma que en cada lado son tres las puertas que dan entrada a ella. Cada puerta lleva el nombre de una tribu: en el norte, Rubén, Judá y Leví; en el este, José, Benjamín y Dan; en el sur, Simeón, Isacar y Zabulón; en el oeste, Gad, Aser y Neftalí. Es interesante que aquí los nombres de Manasés y Efraim no aparecen; se incluyen en el nombre de José, una puerta oriental, y se llena el número de doce puertas con la adición de Leví.

La circunferencia de la ciudad sería 18,000 cañas (v. 35), o sea, 56,700 metros.

El nombre nuevo de la ciudad se presenta al último: Jehová-Shamma, que significa Jehová está allí, nombre apto para la ciudad que, habiendo sido abandonada por Jehová, ahora se halla como la morada eterna de la divinidad.

Y así termina la Profecía de Ezequiel.

(

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Los contemporáneos de Ezequiel conocían muy bien la importancia del centinela para la seguridad de la ciudad. Es necesario tener muy en cuenta que se trataba de cautivos, es decir quienes han pasado por la amarga experiencia de la guerra. De allí que una figura de esta naturaleza era seguramente para ellos más viva de lo que es para nosotros.

Su seguridad dependía de que el centinela cumpliera con su tarea; la vida de la comunidad estaba en juego. El siervo de Dios sentía que él tenía la misma responsabilidad, la seguridad o vida de sus compatriotas dependían de su fidelidad, o cumplimiento a la tarea que Dios le había encomendado. Por último es necesario mencionar que un centinela no era defensor, era vigía, es decir su tarea consistía en hablar, anunciar, denunciar, alertar.

(b) La tarea o responsabilidad del vigía, 3:18–21.

Ya se ha mencionado algo sobre esto por eso es necesario citar algunos elementos que pueden aclararlo:

i No era responsable de inventar o preparar un mensaje.

Por lo contrario si lo hacía estaba faltando a su responsabilidad; el debía oír la palabra de la boca de Dios (3:17).

ii No era responsable por los resultados.

Eso estaba en la actitud que cada uno tomara frente al mensaje que escuchaba. El texto muestra que los resultados no dependían del mensajero ni de la historia de cada uno (justo o injusto); sino de la actitud existencial que tomaran.

iii Era responsable de oír y ser fiel en transmitir.

La clave estaba en estos dos verbos; en primer lugar oír, de la boca de Dios. No era su responsabilidad pensar en lo que era mejor para el pueblo, debía escuchar, estar atento. El segundo verbo es advertir, es decir dar la alarma, llamar la atención, pero note que de la misma manera que antes, se repite de mi parte. La autoridad del profeta no radicaba en la destreza o capacidad de transmitir, sino en la fuente u origen de su mensaje.

iv El pasaje enfatiza la seriedad de la tarea que tenía por delante.

Note la repetición de las frases: pero yo demandaré su sangre de tu mano o pero tu habrás librado tu vida (3:18, 19, 20, 21). La primera frase es una alusión a Génesis 9:5, 6 y es comparable con el homicidio. En un sentido metafórico Dios está diciendo al profeta que su falla en cumplir con la tarea que tiene delante será culpable de asesinar a la comunidad. La responsabilidad del cristiano frente a una sociedad impía no es menor.

(c) La respuesta o actitud del pueblo, 3:18–21.

La respuesta del pueblo se encuentra unida a la responsabilidad del siervo. Ya se ha mencionado que él no era responsable ni por el contenido del mensaje ni por los resultados, solo debía ser fiel en la transmisión del mismo. Dios anticipa al profeta que deberá esperar más de un tipo de respuesta a distintas situaciones. Estos versículos presentan una serie de posibilidades o "casos tipos" a partir de los cuales Dios enfatiza al profeta los alcances de su responsabilidad. Estos cuatro casos que se mencionan en los versículos 18, 19, 20, 21 se dividen en dos grupos; los que están relacionados con el impío (rasha7563) y los que tienen que ver con el justo (tsadiq6662).

i Por un lado debería esperar del impío (3:18, 19) tanto una respuesta positiva como negativa.

Por impío el profeta entiende no solo el que vive al margen de Dios sino el que lo desafía desobedeciendo sus mandamientos. Este debía ser llamado al arrepentimiento; no hay ninguna persona que no merezca la oportunidad de arrepentirse. Y por supuesto habrá quienes rechacen y quienes acepten el mensaje; el profeta no tiene que tener preconceptos o prejuicios.

ii Por el otro lado, tampoco debe tener prejuicios con aquel que el pasaje llama

justo (3:20, 21). No se debe confundir este concepto con el del NT. El profeta se refiere al hombre que por su estilo de vida muestra su obediencia a las normas del pacto. Esta palabra se debe entender en el contexto de los otros pasajes proféticos como Isaías 1:16, 17; Amós 5:14, 15; Miqueas 6:8. En estos pasajes se hace referencia a una serie de acciones que mostraban lo que había en el corazón. Es interesante notar que de la misma manera que el impío podía cambiar, también ocurre lo mismo en el caso del justo, este se puede apartar de su justicia y hacer maldad, en este sentido se debe recordar 1 Corintios 10:12.

La tarea del profeta estaba relacionada también con aquellos que vivían de acuerdo a las normas dadas por Dios mismo. Nadie es tan justo que no necesite la palabra profética.

 

c. Segundo desafío: Mensajero a los que no quieren oír, 3:4–9.

Se debe poner de relieve el paralelismo entre este pasaje y 2:3–7, la diferencia se encuentra en las dificultades que debe enfrentar el profeta para cumplir su misión. En el primer pasaje se pone el énfasis en la obcecación del pueblo a obedecer, mientras que en este se acentúa el rechazo al mensaje mismo.

(a) Dificultades para comunicar la palabra de Dios, 3:4–7.

Las dificultades que debería enfrentar el profeta son presentadas desde dos puntos de vista. Por un lado desde un punto de vista instrumental, es decir sus manifestaciones (vv. 4–6), y por el otro la razón de las mismas (v. 7).

En cuanto al primer punto de vista, ya se ha dicho que en este relato Dios prepara al profeta para distintos tipos de oposiciones. En este caso le anticipa que no es enviado a un pueblo de habla misteriosa y de lengua difícil. Note que se repiten estas dos frases. Para comprenderlas es necesario tener en cuenta que este juego de palabras solo se usa en otro lugar de las Escrituras, en Isaías 33:19, para referirse a pueblos extraños. Por el contrario, era enviado a la casa de Israel, a su propio pueblo, a gente que hablaba su propio lenguaje. No hay duda de que los israelitas eran el auditorio natural del profeta. Aún sus mensajes contra las naciones (25–32) estaban centrados en las relaciones de estas con Israel. La Biblia enseña que las lenguas extrañas dividen a la humanidad (Gén. 11) y estas mismas son por causa del pecado; Isaías también usó esta figura de las lenguas para presentar el castigo del pecado (Isa. 28:10–13).

Cuarto desafío: Llamado a ser atalaya, 3:16–21.

Han causado interrogantes entre los intérpretes dos cosas sobre este pasaje. En primer lugar, note que se repite casi textualmente en el cap. 33 y algunas ideas se repiten en el cap. 18. En segundo lugar, se debe notar que hay un símbolo hebreo que muestra una división inesperada en el texto hebreo en la mitad del v. 16, algo semejante a un punto y aparte. A partir de estos dos elementos algunos autores han pensado que se trata de una interpolación, es decir, un agregado. Sin embargo, es mejor pensar que la repetición en el cap. 33 tiene que ver con nuevo un período en el ministerio del profeta, y que la inserción del símbolo en este lugar era un llamado de atención hecho por los escribas indicando que había una repetición más adelante.

(a) Llamado a ser un centinela, 3:16, 17.

Una vez que transcurrieron los siete días, Dios habló al profeta repitiéndole un mandato que ya había dado en ocasiones anteriores (2:4, 7; 3:4, 11): debía hablar las palabras que Dios le diese. Sin embargo, todavía no había recibido esas palabras.

El v. 16 contiene la primera aparición de la frase vino a mí la palabra de Jehovah, que es característica de este libro (41 veces); esta expresión fue usada también por el profeta Jeremías (9 veces) y en el libro de Zacarías (2 veces). Posiblemente la usaron con el propósito de mostrar su relación constante con Dios como fuente de su mensaje.

El concepto de centinela/vigía se encuentra en otros libros proféticos (Ose. 9:8; Isa. 21:6; Jer. 6:17; Hab. 2:1); pero que un profeta o siervo de Dios haya sido llamado a ser centinela es único. Como se ha mencionado, solo aquí se define la conducta y responsabilidad del vigía.

ii El rollo que se pone delante del profeta, 2:9, 10.

Cuando el profeta se prepara para cumplir con la orden de Dios se encuentra con un rollo. En la presentación del rollo se debe notar que el v. 10 menciona dos aspectos del mismo que lo hacen singular. Por un lado se afirma que estaba escrito por el derecho y por el revés. Esta expresión parece presentar la idea de la seguridad y plenitud del juicio, pero al mismo tiempo podía contener un mensaje al propio Ezequiel de que ya no había lugar para su opinión, estaba completo. Por otro lado, el profeta usa tres palabras para definir el contenido del rollo: lamentaciones; este era un término que también se usaba para una forma poética que era un lamento fúnebre de características especiales. La muestra más clara se halla en el libro de Lamentaciones; se usaba en el caso de una muerte (2 Crón. 35:25). En segundo lugar, lo llama gemidos. Se refiere a las expresiones de dolor que tenían a su cargo las lloronas profesionales; se usaban especialmente en los casos de muertes. Por último ayes; esta era una exclamación de dolor profundo; se trata de una palabra usada solamente en este pasaje. De estas tres palabras se puede notar que el mensaje que recibía y tenía que compartir Ezequiel era la noticia de una muerte, la de la nación o casa rebelde.

iii El mandato al profeta: comer el rollo, 3:1–3.

Dos cosas para notar en primer lugar, que el verbo comer aparece cinco veces en estos versículos y son cuatro mandatos a comer, señalando la importancia de esta acción. En segundo lugar, note que en esta primera aparición se ve que se trata de un imperativo que para dar más fuerza aún se repite. Lo notable es que de la misma manera que se repite la orden de comer se repite la obediencia del profeta ante la misma.

Note que en los vv. 1 y 3 hay una evolución en la orden de comer. En el primer mandato a comer debía estar dispuesto a abrir su boca y aceptar el mensaje que recibía. En el segundo (v. 3), el énfasis se encuentra en que debía alimentarse y llenar su estómago, es decir debía estar lleno del mensaje. Después de esta segunda obediencia del profeta se menciona que el rollo era dulce como la miel. Esta es una afirmación que se encuentra en el AT (Sal. 19:10; 119:103; Prov. 16:24; 24:13, 14; Jer. 15:16) y que parece describir el contenido de la revelación.

Las ideas de comer y beber se usan en la Biblia de manera figurativa en el sentido de apoderarse, de incorporar una enseñanza o doctrina. El profeta debía asimilar el mensaje antes de transmitirlo al pueblo. En este sentido es necesario notar que después del verbo comer le sigue la frase: vé, habla a la casa de Israel. Es importante volver a notar que son dos imperativos, lo que da al versículo mucha fuerza. Por último se debe tener en cuenta que lo que Dios le pide es que predique lo que había recibido. No debía buscar o inventar un mensaje, sino de lo que él mismo le había dado tenía que hablar.

En el contexto del rollo se debe recordar que Ezequiel estaba aún en Jerusalén cuando Jeremías (606 a. de J.C.; Jer. 36) escribió su rollo y lo envió para que lo escuchara el rey. Si uno recuerda, el rey no escuchó más que una pequeña parte de aquel antes de romperlo y quemarlo, de manera que el profeta recibió orden de volver a escribir lo que Dios le había revelado, agregándole otras palabras. El rollo de Ezequiel estaba escrito de manera completa y debía ser asimilado.

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